La iniciativa de las empresas en asociación con el Ministerio de la Salud representa una reducción de menos del 2% en la ingestión del ingrediente y viene en el momento en que el gobierno estudia regulación

Por Piero Locatelli

El Ministerio de Salud y la industria de alimentos firmaron un acuerdo para reducir la cantidad de azúcar en los productos. El documento prevé reducir en 144 mil toneladas la cantidad consumida en los próximos cuatro años en Brasil.

El número parece grande, pero no lo es: la reducción equivale a cerca del 1,5% de la ingestión de azúcar proveniente de alimentos procesados ​​en el país. El ministerio estima que cada brasileño consume, en promedio, 80 gramos de azúcar por día – el 36% desde alimentos industrializados.

Varios de los productos más vendidos en el país, incluso los más consumidos por niños, no serán impactados. Los refrescos de Coca-Cola, por ejemplo, tienen 10,5 gramos de azúcar por cada 100 mililitros. Se ha escapado, por 0,1 gramo, de la meta establecida para esos productos en 2022, de 10,6 gramos.

Otro ejemplo de un alimento que se escapará es el Nescau, la leche achocolatada más famosa del país, que tiene 75 gramos de azúcar por cada 100 gramos del producto, por debajo del límite de 85 gramos establecido para 2022.

Chocolates, cereales de desayuno, golosinas y gelatinas, todos muy consumidos por niños, no serán afectados por el acuerdo. La entrevista colectiva realizada en la sede del Ministerio de Salud, en Brasilia, expuso la fragilidad de la medida. Ni la industria, ni el ministro supieron dar respuestas a varios de los vacíos existentes.

El material de divulgación del ministerio ocultó las metas reales, que sólo fueron expuestas más tarde. Los objetivos se calcularon a partir del promedio de los productos que existen en el mercado, lo que favorece a las grandes corporaciones, que en general ya cuentan con un perfil nutricional más bajo que el de los competidores y más recursos para invertir en reformulación.

Algunos límites de azúcar en productos industrializados previstos en el acuerdo:

  • Gaseosas: 11 gramos por 100 mililitros hasta finales de 2020 y 10,6 gramos por 100 mililitros hasta el final de 2022
  • Bebidas achocolatadas: 90,3 gramos cada 100 gramos hasta el final de 2020 y 85 gramos por 100 gramos hasta el final de 2022
  • Galletas rellenas: 36,4 gramos a cada 100 gramos hasta el final de 2020;
  • Yogur y demás leches fermentadas: 14,5 gramos a cada 100 gramos hasta el final de 2020 y 12,8 gramos a cada 100 gramos hasta el final de 2022

A pesar de las concentraciones definidas, monitorear esas metas es una dificultad. La declaración de la cantidad de azúcar no es obligatoria en Brasil. Hoy, por ejemplo, buena parte de las galletas rellenas y de los pasteles no trae esa información, haciendo imposible saber que contienen esos productos ahora, al comienzo del acuerdo, y cómo llegará al nivel acordado.

Estas metas poco ambiciosas hacen que el acuerdo tenga grandes posibilidades de fracasar en su objetivo de reducir las enfermedades causadas por el exceso de azúcar, dice Ana Paula Bortoletto, líder del Programa de Alimentación Saludable del Instituto Brasileño de Defensa del Consumidor. “Nuestra expectativa es que no va a generar mucho impacto en la prevención de enfermedades crónicas”, dice la nutricionista.

Brasil ya es el cuarto país con la mayor ingestión de azúcar en el mundo, según datos de Sucden, líder global en ese mercado. La Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda que el consumo de azúcar no supere el 10% del total de calorías ingeridas, lo que da alrededor de 50 gramos en el caso de un adulto, pero en el país ese índice alcanza el 16%.

El Ministerio de la Salud calcula que tres de cada cuatro muertes en Brasil se derivan de enfermedades crónicas no transmisibles, como diabetes, hipertensión y cáncer. Los datos más recientes muestran que el 18,9% de los brasileños están obesos y que el 54,9% presenta sobrepeso.

Los alimentos ultraprocesados ​​vienen ganando cada vez más espacio, como ha mostrado la Encuesta de Presupuestos Familiares. Las gaseosas, chocolates, pasteles industrializados y galletas representan una parte cada vez mayor de la ingestión de azúcar.

Como grupo responsable de la elaboración del acuerdo, la industria defiende las metas que ella misma estipuló en medio de conversaciones con el Ministerio. “Hemos tenido muchas discusiones, talleres técnicos con el Ministerio de la Salud para cada alimento, y llegamos a números que son posibles de ser trabajados”, dijo João Dornellas, el presidente de la principal asociación del sector.

El acuerdo se ha desarrollado en el momento en que la industria sufre una creciente presión. Varios países han adoptado cambios en el etiquetado, restricciones en la publicidad y impuestos a bebidas azucaradas como intento de contener el crecimiento de los índices de obesidad y la explosión en la ocurrencia de enfermedades crónicas. En Brasil, la Agencia Nacional de Vigilancia Sanitaria esta evaluando colocar alertas frontales en los paquetes sobre el exceso de sal, azúcar y grasas.

Acuerdo repite fórmula criticada

El acuerdo para la reducción de azúcar fue hecho basado en uno anterior, que buscaba la reducción de sodio en los alimentos procesados. Firmado en 2007, en el momento en que la agencia regulatoria debatía restricciones a la publicidad de esos productos, y que tenía el objetivo de disminuir la sal en alimentos como panes, condimentos, derivados de carne, fideos instantáneos y otros productos.

Para la industria, el acuerdo funcionó tan bien que debería ser replicado. “La evaluación no podría ser mejor, pues, además de los excelentes resultados alcanzados, el Plan de Reducción de Sodio sirvió como referencia para el desarrollo del Plan de Reducción de Azúcares”, dijo la asociación de los fabricantes en una nota enviada al reportaje. La entidad afirma que hizo la disminución “de más de 17.254 toneladas de sodio de 35 categorías de alimentos industrializados, la meta es alcanzar 28.500 mil toneladas para 2020.”

A partir del número presentado por la asociación, de 17.254 toneladas, dividido por la población brasileña en 2007 (190 millones), se llega a una reducción anual de ocho gramos por persona, o 0,022 gramos por día.

Lejos del optimismo de las corporaciones, estudios independientes refuerzan que no funcionó. Una investigación del Instituto de Estudios en Salud Colectiva de la Universidad Federal de Río de Janeiro proyectaba que la reducción del consumo de sodio del brasilero al final de 2017 había sido sólo 1,5%.

El Instituto Brasilero de Defensa del Consumidor, a su vez, critica la falta de ambición de las metas. “Hemos visto que la mayor parte de los productos ya atendían la meta mucho antes del plazo final. En la práctica, esa reducción del sodio significó muy poco para los productos que ya estaban en el mercado”, dice Ana Paula. Una encuesta del instituto, realizada en 2014, mostraba que casi la mitad de los productos evaluados (49,5%) no se verían impactados por las metas. Porcentaje parecido a lo que se ve ahora, en el caso del azúcar.

Los criterios fueron establecidos por la propia industria, que dirigió el proceso de elaboración. “El gobierno no tenía tanta información y capacidad técnica como la industria para pensar en todos los puntos en torno a las metas”, dice el científico político y profesor Marcello Fragano Baird, que publicó un estudio sobre la construcción del acuerdo.

Baird dice que las negociaciones fueron desequilibradas. Ha habido poca participación de la sociedad civil, y la propia Asociación Brasileira de la Industria de Alimentación, que lideró el proceso, no representa a toda la industria alimentaria. “Por lo menos, hubo una falta de equilibrio para establecer las reglas de ese juego, sólo tenía un lado en la mesa ocupada.”

El resultado de la falta de participación son metas débiles, y que, además, no incluye una sanción si no se cumplen. El gobierno adoptó el modelo voluntario, donde las empresas se disponen a cumplir las metas, en lugar de una regulación definida y monitoreada por el Estado.

“Si usted llega al final del acuerdo y las metas no se han alcanzado, ¿qué se va a hacer? No se hace nada, y la población va a seguir teniendo problemas de salud, que sólo van a aumentar”, dice Baird. Para él, el gobierno no debería insistir en ese modelo.

Los investigadores de la Federal de Río de Janeiro llegaron a una conclusión similar. “Difícilmente será posible alcanzar la reducción necesaria en el consumo de sodio en Brasil a partir de acuerdos voluntarios en los moldes de los que ocurrieron hasta el momento”, concluyen en el estudio.

Los acuerdos son sólo parte de la solución

Incluso si exitosos, los acuerdos serían sólo una parte de la solución del problema del consumo excesivo de sal y azúcar en el país. Según Ana Paula, cortar el sodio y el azúcar de alimentos ultraprocesados ​​sería eficiente en países como Estados Unidos, donde más del 70% del sodio viene de alimentos industrializados. Como la cuota de mercado en Brasil es menor, de cerca del 30%, esos acuerdos tienen un impacto limitado.

El propio gobierno recomienda que estos productos sean evitados. La Guía Alimentaria para la Población Brasileña, del Ministerio de Salud, sugiere que los alimentos in natura (frescos) sean la base de la alimentación, y que se evite el consumo de ultraprocesados.

El Ministerio de la Salud asegura haber acordado con la industria para que no se cambie azúcar por edulcorante. Pero eso no está expresado en el compromiso firmado. La tendencia es seguir lo que se ha hecho en todo el mundo, incluso aquí, y promover un intercambio masivo por los edulcorantes. Esto representa un riesgo para la salud: las evidencias acumuladas hasta ahora no permiten garantizar la seguridad de estas sustancias, mucho menos si se ingieren en grandes cantidades.