En asamblea de la Organización Mundial de la Salud, la administración de Donald Trump ataca en nombre de las corporaciones de leche industrializada y desfavorece lactancia materna.

Junio es cruel con los niños. El clima seco y frío es una amenaza constante a la salud de los pequeños. Garganta y oídos irritados. Fiebre. Resultado: sala de urgencias. En un espacio con diez camas en la sala de urgencias infantil del Hospital y Maternidad Albert Sabin, en Atibaia (Sao Paulo), todos los lechos están ocupados. Niñas y niños de varias edades. Uno de ellos, menudo, no parece sobrepasar el año. Sentada al lado de la cama, la madre, ojos cansados, tiene una gran mochila amarilla en la falda. También lleva al hombro una cartera negra, menor, en la que mete la mano izquierda varias veces tratando de coger algo, sin éxito. Le ofrezco ayuda para sostener la mochila. Ella acepta. Claudia no lo sabe, pero, además del problema de salud de su hijo, ella, de alguna manera, es confrontada con Donald Trump y poderosos intereses internacionales.

Mientras la mujer revuelve sus pertenencias, me fijo en una lata nada discreta que salta del bolsillo delantero de la mochila del bebé. En verde y blanco, con un verde más oscuro adornando el nombre, el recipiente contiene 800 gramas de Nestogeno Fórmula Infantil 2 fabricado por la megaempresa suiza Nestlé, una de las marcas más consumidas en Brasil en el segmento “sustitutos a la leche materna”.

La mochila no alcanza a ser pesada, pero es voluminosa. Quien tiene un hijo pequeño sabe que es común llevar a todas partes ropitas, pañales, pañuelos húmedos – medicamentos, si hacen falta – y las benditas mamaderas. Es en ellas donde el polvo de las fórmulas infantiles se vuelca, componiendo un mal par de pelota con pico de silicona.

Claudia agita un móvil azul. Triunfante, encuentra el objeto perdido en medio a la preocupación con su hijo. Ella no disca número alguno. Nada más se asegura que el móvil está allí. Entre salir del trabajo a la carrera para recoger a Gabriel en la guardería con fiebre de 39,5 hasta la atención Hospitalar, el tiempo pasó a mil. Y la cabeza está a la misma velocidad.

Continuo con el bolso – y la lata – en el hombro izquierdo. Comenzamos una charla, que tendría todo para ser una de esas típicas de quien pasa con chicos por la sala de urgencias. Típico, no fuese el Nestogeno, mi curiosidad y el gobierno Donald Trump.

El niño se llama Gabriel. Casi le di a la edad. Tiene once meses.

– ¿Y todavía mama en el pecho?

– No. Solo hasta los cuatro meses, infelizmente.

Claudia y Gabriel entraron para la estadística de “bebé con hambre, baja producción de leche, cansancio, fisuras en los pezones, leche débil, leche que secó”, algunas de las excusas dadas por profesionales de la salud estimulados por el agresivo marketing de las empresas del ramo para indicar complementos a la alimentación de los lactantes con fórmulas o incluso la sustitución de la leche materna por polvo enlatado, como ocurrió en el caso que atestiguo.

“Yo estaba con cierta dificultad para amamantar y volví a trabajar, con el fin de la licencia materna. Sentía mucho cansancio, pero quería continuar exclusivamente con el pecho. Pero el pediatra dijo que, cansada como estaba, no era posible, que tenía que introducir la fórmula, porque Gabriel dormiría mejor, de barriga llena”, cuenta Claudia.

La primera fórmula utilizada por la familia fue el Enfamil Premium 1, de la corporación estadounidense Mead Johnson, pero, después de un mes, la función intestinal del chico quedó desregulada y el pasaba hasta cuatro días sin evacuar. Claudia aún tenía leche. Pero el pediatra, aún así, optó por cambiar la fórmula simplemente.

Con cinco meses, Gabriel ya iba a la segunda fórmula: Nestogeno, una mezcolanza de tantos ingredientes de nombres raros, de maltodextrina a ácido-N-pleroil-L-glutámico, no hay rótulo que aclare.

“Él no toleró muy bien. Mamaba escupiendo y lo dejaba a la mitad de la mamadera. El médico dijo que era normal, que era cuestión de formar hábito, que había que insistir. Al final, él se acostumbró, como que a la fuerza, ¿no?”, explica la madre, que se arrepiente. Ella siente que debería haber insistido con el pecho. Conocedora de los beneficios de la leche materna, tiene la conciencia pesada. Pero el cansancio se sumó a la falta de estímulo del pediatra y de los parientes. “Nadie me apoyó”, dice.

La madre no tenía ni real dificultad para producir leche, pero, aunque la tuviese, lo que es raro, podría haber recurrido a un banco de leche, donde otras madres hacen donaciones.

Esta es una entre las opciones para no usar complementos o sustituciones artificiales. Incluso, la fundación Oswaldo Cruz (Fiocruz) posee un banco de datos dedicado a ubicar puntos que recogen, almacenan y donan leche humano.

Es 6 de junio de 2018 y Claudia no imagina que una situación estructural, sistémica e incluso geopolítica compone la base del problema que ella y Gabriel enfrentan. Ellos y otros millones – tal vez miles de millones – de personas.

Trump quiere pecho

Última semana de mayo en Ginebra, Suiza, donde ocurre la Asamblea Mundial de la Salud, de la Organización Mundial de la Salud (OMS), que tuvo a la nutrición como eje de este año. En ella, se preveía una discusión no controversial sobre lactación materna. Puro engaño. El debate fue sustituido por la presión y el bullying: un “ofrecimiento” del histriónico gobierno de Donald Trump, que prefiere garantizar la alegría de sus amiguitos del playground e ignorar el interés público.

Desde el día, 25 de mayo, la delegación de Estados Unidos venía siendo acusada de intentar impedir que una resolución garantizara la ampliación del derecho de bebés y niños a la alimentación saludable. A servicio de la industria de ítems comestibles ultrapocesados, los agentes trumpistas cerraron filas para diluir los instrumentos referentes a la reglamentación del marketing agresivo de sustitutos de leche materna.

Representantes de las delegaciones y activistas de América Latina, de países como Brasil y Ecuador, no escondieron el espanto y la indignación con la dimensión de la influencia que el sector privado aún ejerce en este asunto, a pesar de las evidencias científicas acumuladas desde hace tiempo que muestran que la lactancia materna exclusiva como opción es muy superior a la alimentación que incluye los pretensos sustitutos de la leche. Integrantes de comisiones de los continentes africano y asiático también sintieron sus ataques.

El primer borrador del texto, que tuvo la redacción encabezada por Ecuador, fue inmediatamente apoyado por Camboya, Nepal, Sierra Leona y Sri Lanka, trayendo referencias al Código Internacional de Comercialización de Sustitutos de la Leche Materna, que delimita los “niveles aceptables de marketing” para proteger la salud de niños y bebés.

La luz de alerta, entonces, se encendió. La oposición de la delegación de EEUU se vino con rabia. Los países signatarios fueron amenazados. Retaliaciones comerciales serían las armas de Trump y compañía si la resolución fuese presentada como estaba. Acorralados, los representantes ecuatorianos desistieron de apoyarla.

“Oímos relatos de que los países fueron presionados por los Estados Unidos”, dijo Patti Rundall, directora de Ibfan (Red Internacional por el Derecho de Amamantar). “Nos molestamos, porque los procesos democráticos que deberían regir están ausentes. Todos los estados-miembros deberían tener voz. Los EE.UU no podrían tener opinión más importante”.

Investigadores y activistas en nutrición reaccionaron en las redes sociales, principalmente en Twitter, para hacer pública la situación e invertir el escenario de presión. La directora ejecutiva de la organización de defensa de Derechos Humanos 1000 Days, Lucy Martinez Sullivan, tuiteó: “Una batalla contra la lactación materna se está formando esta semana en la sede de la OMS. Es esencial que los países mantengan la protección de la resolución por la lactación en la Asamblea Mundial de Salud”.

En paralelo, lo defensores de la lactación exclusiva buscaban consenso en la asamblea. Un evento satélite fue escenario de un acuerdo político para que la resolución fuese aprobada. En ese escenario, el director-general de la OMS, Tedros Adhanom, resaltó la relevancia de la lactancia materna para prevenir la desnutrición, pero destacó que pocos países tienen medidas de protección y apoyo. “Eso es inaceptable”, concluyó.

Un informe dado a conocer en conjunto por la OMS y Unicef también solicitó a los países la adopción de normas para implementar el Código Internacional de Comercialización de Sustitutos de la Leche Materna.

Con esa configuración, surgió un elemento sorpresa: Rusia entró al juego y propuso presentar una resolución. Fueron cuatro reuniones y diez horas consumidas para construir un texto común. Ni todas las recomendaciones del borrador encabezado por Ecuador se mantuvieron, pero hubo avances en comparación con la versión desnutrida que el gobierno Trump quería proponer.

Finalmente, en el día 27 de mayo, Rusia presentó el documento, acompañada por 13 otros países: Botsuana, Canadá, Gambia, Gana, Georgia, Mozambique, Nepal, Panamá, Paquistán, Senegal, Sierra Leona, Tailandia y Zambia, y con apoyo de otros Estados, además de organizaciones no gubernamentales.

En ese mismo día, EE.UU intentaron otra jugada. Los representantes de Trump escribieron una “decisión alternativa” sobre el estímulo a la lactancia materna exclusiva.

Escrito en una página solitaria, el texto solo hacía espuma. No mencionaba el Código Internacional o la necesidad de restricciones de marketing y salvaguardias que prevengan y expongan conflictos de intereses en la financiación de investigaciones científicas, en ambiente académico y para profesionales de la salud en relación con la industria de alimentos. Era apenas otro ataque, buscando, esta vez, neutralizar el documento presentado por los rusos.

En este intercambio de golpes, salió la resolución final, que enfatiza la lactancia exclusiva y sirve de guía para los países sobre como incentivarla. Entretanto, el texto no cita cualquier acción sobre el lobby del sector privado, especialmente contra el marketing agresivo de los fabricantes de los presuntos sustitutos de la leche materna.

Apenas una mención al Código Internacional de Comercialización de Sustitutos de la Leche Materna permaneció. La versión también removió la posibilidad de que los países solicitasen al director general de la OMS apoyo técnico para “implementación, movilización de recursos financieros, monitoreo y evaluación del código” y para “hacer cumplir las leyes nacionales y medidas regulatorias”.

La primera propuesta, mucho más frontal, incisiva y completa, tenía, además, el objeto de expandir la información sobre las nuevas directrices operativas de alimentación infantil en emergencias y concientizar a los Estados miembros acerca de la Iniciativa Hospitalar Amigo del Niño, que ofrece orientación sobre la lactancia como opción práctica.

Lo que más irritó los intereses de Trump y de las mega corporaciones de alimentos ultra procesados, empero, fue el fragmento que propone combatir la promoción inadecuada de alimentos para bebés y niños.

Detalle: en 2016, eso ya era una recomendación de la OMS, siendo vista como apoyo para fortalecer los esfuerzos de defensa de derechos en todo el mundo. Transformarlos en resolución fue un paso importante.

Organizaciones de la sociedad civil, como Save The Children, clasificaron la redacción final como “significativamente más débil” y se mostraron “impactadas con el hecho de que el comité de redacción no haya podido reafirmar el compromiso de implementar las directrices y políticas de la OMS que son vitales para salvar vidas de niños y madres”.

Aunque la resolución no sea obligatoria para ningún país, declaraciones de ese tipo son históricamente significativas, esencialmente para naciones de bajos ingresos que no tienen recursos para desarrollar solas las investigaciones.

No es de ahora

Como mínimo desde enero de este año, el gobierno de Donald Trump recibe visitas de representantes de las empresas para confabular sobre las desreglamentación máxima del sector privado, incluyendo en eso, sin duda, los intereses económicos de la industria de alimentos.

En específico, las autoridades de los EE.UU realizaron “sesiones de audiencia para partes interesadas” en las discusiones de la OMS. Por “partes interesadas”, se entiende las mega empresas fabricantes de fórmulas infantiles, que expresan “objeción al camino por el cual la resolución iba”. Incluso las redes de hiper mercados del país, como Walmart, fueron oídas y se manifestaron en contra de cualquier regulación para los sustitutos de la leche materna.

Sobre el consumo de bebidas lácteas en los EE.UU, no está de más recordar el grado de desconocimiento de la población local. Para que se tenga una idea, vale visitar un estudio hecho el año pasado, en que 10% de los estadounidenses afirmaron que la leche achocolatada viene directo, pronta, de vacas marrones.

En comunicado oficial por email luego de la insatisfacción declarada por delegaciones diversas, un funcionario del Departamento de Estado de EE.UU, dijo que el país comparte “un objetivo común con otras naciones, de promover la lactancia materna, bien como la alimentación complementar adecuada y oportuna”.

El remitente oficial de Trump finalizó, diciendo que los sustitutos son usados adecuadamente cuando necesario, con base en informaciones y por medio de marketing y distribución apropiados.

Lecciones pasadas y presentes: ¿y el futuro?

Lucy Martínez Sullivan, directora de 1000 Day, no vacila al dudar que la resolución extraída este año sea útil.

“El verdadero argumento es que hay mucha oposición a cosas que no deben ser controversiales y que vienen de la administración Trump”, argumenta.

Viene de Trump porque es típico de Trump.

“Evaluamos que es liderado por la industria y los lazos estrechos que tienen con la administración de Trump. Activistas y consumidores necesitan estar atentos a lo que ocurrió a puertas cerradas. Esa es una lección”, apunta Lucy.

De nuevo, viene de Trump porque es de Trump. Un hombre hetero, blanco, machista, que piensa como en el siglo 19.

Alias, es en el siglo 10 que la lactancia materna pasa  “perder prestigio” entre la burguesía. Considerada una práctica de mujeres pobres, declina en las primeras décadas del siglo 20. Es cuando la industria, que no pierde tiempo jamás, comienza a comercializar leche en polvo adaptada para bebés.

“En la época, eso era considerado un avance científico, la salvación para bebés que no podían ser amamantados a causa de la muerte o enfermedad de la madre. Pero a medida que las ventas avanzaban, la ganancia de la industria aumenta: ella se da cuenta que la gran rentabilidad vendrá cuando todos los niños usen fórmulas, no apenas las que la necesitaban por algún motivo. Y comienza la construcción de la cultura de la leche en polvo: diseminando la idea de que la leche materna es débil, mala, insuficiente para un bebé realmente fuere y saludable”, explica el pediatra Daniel Becker, uno de los médicos y estudiosos brasileños más críticos a la cultura de la alimentación de bebés y niños por la vía de la sustitución de la leche materna.

Él cuenta que, luego de la Segunda Guerra Mundial, las ventas explotaron y que la generación entonces nacida en los EE.UU poco conoció la leche materna.

“En los años 60, más de 70% de los bebés estadounidenses recibían fórmulas, gracias a agresivas campañas de distribución de leche en polvo en las maternidades e al continuo esfuerzo de propaganda para desacreditar a la leche materna. La mayoría de las mujeres de esa generación creía completa y acríticamente que la leche en polvo era mejor que la materna”, comenta.

En Brasil, igual que como en EE.UU, los envases de fórmulas infantiles (para bebés de hasta seis meses, solo en casos de necesidad comprobada) y de seguimiento (utilizadas para lactantes saludables a partir del sexto mes de vida hasta los 12 meses incompletos y para niños de primera infancia saludables), están lado a lado en las estanterías y son muy parecidas. La propaganda de una de ellas puede influenciar la venta de la otra. Los que trabajan contra eso alertan que algunos anuncios no evidencian cual de los dos productos es promocionado.

Investigaciones hechas en supermercados y farmacias brasileñas constataron que los envases traen de forma recurrente la indicación de “cero a seis meses” y “para lactantes” en muchos envases que motivan la adopción de mezclas ultra procesadas, lo que induce a quien compra al error de creer que el producto es equivalente o cercano a la leche materna.

Las expresiones no están colocadas sin motivo. Son formas que tiene la industria de manipular el consumo, independiente de que la fórmula se usada sola o “como complemento” a la leche materna (en ese caso, la tendencia es de que el bebé abandone el pecho de la madre, sea por la mayor palatabilidad del producto industrializado, o por la falsa sensación de saciedad).

Y el rayo de influencia va más allá de las familias. Profesionales de la salud, principalmente pediatras, son blancos preferenciales del marketing. Aunque las investigaciones apunten que la mayoría de la población brasileña es favorable a la leche materna, con recomendaciones de lactancia materna exclusiva hasta los seis meses, congresos y simposios y cursos médicos traen una carga reciente de la presencia de transnacionales que fabrican e introducen fórmulas infantiles en la rutina de quien trabaja en el sector.

En esa estrategia, Nestlé, líder mundial de mercado que vende fórmulas infantiles para lactantes desde el nacimiento, es la mega empresa más agresiva.

Hasta hoy, ella estampa el apoyo en la portada del sitio de la Sociedad Brasileña de Pediatría (SBP). Donde dice: “Nestlé hace bien”. Sin contar las tantas actividades de la entidad que la corporación ha patrocinado a lo largo de los últimos años, muchas dando énfasis a los “mejores sustitutos de la leche materna”, obviando la lactancia materna.

Latas sin fronteras

En investigaciones de febrero de este año del periódico británico The Guardian junto a Save the Children en Filipinas, en Asia, se descubrió que Nestlé ofrecía a médicos, parteras y profesionales de la salud viajes gratuitos para conferencias, comidas, entradas a espectáculos y cine e, incluso, juegos de azar, violando la ley local que rige la relación entre trabajadores de las categorías y empresas privadas.

Representantes de Nestlé, Abbott, Mead Johnson y Wyeth (que es propiedad de Nestlé ahora) fueron descritos como “una presencia constante en hospitales en Filipinas, donde apenas 34% de las madres amamantan exclusivamente en los primeros seis meses”.

La investigación informa que funcionarios de hospitales recomiendan marcas especificas de fórmulas en las listas de “compras esenciales” entregadas a las nuevas madres, publicidad patrocinada abiertamente direccionada en Facebook y junto a influenciadores digitales, fundamentalmente “bloggers”.

Como se ve, Claudia y Gabriel pueden encontrar “las leyes de Trump” mucho más allá del municipio donde viven.

Foto destacado: The Rokon – Pixabay 

América Latina se convirtió en el terror de la indústria de comida chatarra